En Oceanía, países como Australia y Nueva Zelanda cuentan con sistemas de salud públicos bien establecidos que brindan cobertura universal. Estos sistemas combinan financiamiento gubernamental y opciones privadas para ofrecer servicios de alta calidad. Las naciones insulares más pequeñas a menudo dependen de ayuda externa y enfrentan desafíos en infraestructura y acceso a servicios especializados.